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La mejor ofertaEl estreno en el país del film “La mejor oferta”, del prestigioso Giuseppe Tornatore, deslumbró a los cinéfilos. En este artículo, una de las posibles miradas que permite esta obra de arte.

Virgil Oldman, agente de subastas experto en distinguir la autenticidad de las obras de arte, es un hombre que engaña a sus clientes con respecto a la originalidad y falsedad de las piezas a subastar. Así, se hace de una colección integrada en su totalidad por retratos femeninos, paradójicamente, retratos del sexo con el que Oldman no puede siquiera contactar visualmente. Él es un hombre solitario quien no mantiene vínculos sólidos con nadie, a excepción de su relación casi mística y de adoración con estos retratos. Un día recibe la llamada de Claire Ibbetson, una joven heredera de una colección de antigüedades, quien insiste fervientemente en contratarlo para la pericia. Una experiencia que podría haber sido de rutina, se complejiza dada la relación especular que se entabla entre ambos personajes.

 Cuando un título evidencia la clave: La mejor oferta

La película es una crítica a las relaciones dentro de la sociedad capitalista contemporánea, donde nada escapa al valor de mercancía. Tanto la obra de arte como el sujeto amado quedarán siempre en manos del mejor postor. El protagonista, inexperto en cuestiones amatorias, se pregunta cómo es vivir con una mujer, a lo que otro personaje responderá “Es como participar en una subasta. Nunca sabes si tu oferta será la mejor”. Así como el amor, el arte tampoco escapa al circuito de la mercancía. En palabras de Theodor Adorno “En el mundo administrado, el mayor peligro para el arte es la desartificación, es decir, la pérdida de su carácter propiamente artístico al ser absorbido por la sociedad de consumo, sirviendo de vehículo de poder. Todo puede venderse ¿por qué no el arte?”

En este contexto capitalista, el automatismo de los seres humanos es parte del proceso de enajenación que es funcional al sistema. Es por esto que no es casual que Tornatore haya hecho de la reconstrucción de un autómata un eje que atraviesa toda la película. Los autómatas son máquinas que imitan la figura y los movimientos del ser humano, androides que gozaron del máximo esplendor durante el siglo XVIII, época de consolidación del capitalismo como sistema dominante en Europa, apoyado entre otras doctrinas, en la ideología de René Descartes. Este filósofo postulaba la separación del cuerpo y del alma pensante, dando al cuerpo el estatuto de un cuerpo – máquina, un cuerpo – mecanismo apto para el control y la dominación, un cuerpo que también toma el valor de mercancía, como el amor y el arte en la película.

 

El director hace una analogía entre estos androides y el protagonista del film para decirnos que el que el ser humano se convierta en autómata es un medio del que dispone el capitalismo para lograr sus fines. Virgil Oldman es un hombre máquina que vive sumergido en el mundo de las subastas, poniéndole precio a las obras de arte que tasa y luego vende según su propia conveniencia, un hombre frío y solitario, un sujeto escindido de sus sentimientos, un hombre que sólo parece interesarse por sus negocios, por su colección de obras maestras y por el status socio-económico que sostiene. En palabras de Max Horkheimer: “El poder social es conferido hoy más que nunca por el poder sobre las cosas. Pero cuanto más intenso resulta el interés de un individuo respecto al poder sobre las cosas, tanto más lo dominarán esas cosas, tanto más le faltarán rasgos verdaderamente individuales, tanto más su espíritu se transformará en autómata de la razón formalizada”.

El personaje de Oldman suele decir frases del estilo de “Hablar con las personas es peligrosísimo” y escuchamos a Claire preguntarle: “¿Por qué está usted todo el tiempo con las manos escondidas en un par de guantes? Usted tiene miedo de tocar a los otros, le da asco tocar lo que poseen. Yo tengo miedo de ir donde ellos viven”. Al empezar a enamorarse de Claire, Virgil se reconocerá en ese autómata que irá reconstruyendo con la ayuda del mecánico Robert, pero ya desde la diferencia, porque se siente incompleto, necesitado de otro ser desde los sentimientos, liberándose de la enajenación, del automatismo e individualismo en el que había vivido siempre, alejándose del miedo y de la sospecha hacia el prójimo, desembarazándose de todos los comportamientos funcionales a las ideologías conservadoras que pretenden perpetrar a rajatabla el orden dominante.

No por nada el protagonista se llama Virgil, personaje de la Divina Comedia, quien guía a Dante a través del infierno y del purgatorio. Virgil Oldman vivirá un proceso de purificación y de expiación por el que irá perdiendo su condición de cuerpo – máquina, sujeto cosificado del mundo de las mercancías, para humanizarse y esperar a un otro que, aunque idealizado, no deja de ser un anhelo de algo más vivo, más humanizante. Anhelo de un amor ideal que escape a las leyes del mercado y a la hipocresía reinantes.

La autenticidad y la copia

Según Walter Benjamin, el aura es el halo sacralizante que rodea a las obras de arte tradicionales. Para este autor, del aura no puede haber copia, la obra aurática tiene valor cultual, posee un carácter de singularidad e irrepetibilidad que la dota de autenticidad y originalidad. Aunque, según este autor, “el arte quiere conservar la magia de lo irrepetible pero esa magia está dañada en su base dado el valor de mercancía de todo lo que circula dentro del sistema capitalista”.

Virgil Oldman adora como un devoto su colección de retratos pintados por los más grandes artistas de todos los tiempos pero los consigue comprando esos cuadros auténticos al precio de copias, siendo él quien tiene el conocimiento para poder discriminar lo auténtico de lo falso en el arte. Por tanto, daña ese mismo aura que parece venerar, al ser la figura que encarna esa función del arte como bien de consumo.

 

Una de las ideas eje de la película es que “en cada falsificación se esconde siempre algo auténtico” en relación tanto al arte como al amor. Tanto uno como el otro no pueden escapar a la simulación. Un personaje nos dice que “Los sentimientos humanos son como las obras de arte. Pueden ser el resultado de una simulación. Todo puede ser simulado: la alegría, el dolor, el odio, la enfermedad, la curación. Incluso el amor”. Pero también el film nos da el mensaje, que pudiera parecer contradictorio en una primera instancia, de que nunca una simulación o una copia pueden serlo del todo.

En una escena Claire le pregunta a Virgil el significado de esa frase escrita por él en un artículo, idea que previamente citamos como una de las claves de interpretación del film: “En cada falsificación se esconde siempre algo auténtico” a lo que el protagonista contesta que “En la simulación de la obra ajena, el falsificador no resiste a la tentación de hacerla suya. Pero a menudo es sólo un detalle sin interés, un trazo inesperado por el que termina traicionándose a sí mismo, revelando su propia sensibilidad”. Tornatore nos muestra que tanto el arte como los sentimientos humanos, áreas aptas para la simulación, nunca se rinden del todo a ella, simplemente porque eso no es posible. Nuestro protagonista pregunta: “¿Robert piensas que el amor puede ser una simulación? A lo que éste contesta “De acuerdo a lo que usted sostiene sobre lo falso en el arte diría que no lo puede ser del todo, suponiendo que el amor fuera una obra de arte”

A su vez, los personajes son presentados como mecanismos que se combinan y van armando un engranaje: todos se imitan y copian, cada uno va tomando elementos del otro. Esto hace que constantemente nos preguntemos quién es copia de quién y quién es el original, quién falsifica y quién es auténtico. Y la respuesta que nos da el director es que siempre un detalle revela la identidad única e irrepetible de cada cual.

Autores: María Eugenia Chaia y Fernando Muñoz

Título original: La migliore offerta

Año: 2013

Duración: 131 minutos

País: Italia

Director: Giuseppe Tornatore

Guión: Giuseppe Tornatore

Reparto: Geoffrey Rush, Jim Sturgess, Sylvia Hoeks, Donald Sutherland, Philip Jackson,Dermot Crowley, Liya Kebede, Kiruna Stamell.